Entre dos mundos (o más)
Share
Hay una parte del viaje que no aparece en las fotos.
No es el paisaje, no es la libertad, no es el atardecer perfecto.
Es el momento en que te das cuenta de que no perteneces del todo a ningún lugar.
Qué hermosa sensación es la de comprar un pasaje, aun sabiendo que no sentirás la emoción real hasta que estés arriba del avión o en el destino mismo. Esa sensación se intensifica cuando preparas tu mochila y haces una lista mental, o física, para no olvidar nada, considerando el clima y las diversidades que te encontrarás.
Ni hablar del día en que estás en el aeropuerto, arriba del avión, plantando tus pies por primera vez en territorio completamente desconocido: colores, olores, idiomas, acentos, gestos, formas… todo diverso, como quien atraviesa un portal en solo 2, 6, 14 o a veces 30 horas.
Desde 2019 el viaje dejó de ser vacaciones y se convirtió en estilo de vida para mí. Australia, Italia, Tailandia, idas y vueltas, visas, despedidas. Lo que empezó como una aventura terminó siendo una identidad.
Elegir el viaje como estilo de vida significa una constante toma de decisiones: desde las más pequeñas del día a día, como qué comer, qué vestir o dónde vivir, hasta las más grandes, como ordenar las finanzas, asumir trabajos temporales o entender cuándo es momento de partir nuevamente.
Pero una de las decisiones más grandes que uno toma al comenzar, muchas veces sin plena conciencia, es abandonar el espacio seguro donde están esos amigos de la infancia y familiares a quienes acudir en momentos de desesperación, frustración o incluso situaciones complejas de salud.
Y eso es solo el inicio. Luego vienen las pequeñas cosas que juntas representan un gran desafío: no tener un sistema de salud conocido, no dominar completamente el idioma, que tu carrera no sea válida en el nuevo país, no entender del todo cómo funciona la cultura, la economía o las interacciones básicas del día a día.
Cada persona tiene su razón única para irse. Algunos quieren comerse el mundo. Otros escapan de una normalidad que dejó de encajar. Otros simplemente no tuvieron otra opción.
Pero una vez del otro lado, algo comienza a repetirse. Al inicio hay entusiasmo. Personas que escriben para saber cómo estás, qué es distinto, qué estás viviendo. Luego, con el tiempo, el contacto disminuye. Y a ratos puede sentirse como una pequeña muerte emocional.
Suena drástico, pero se parece a eso. La gente en tu país te recuerda como alguien que fue parte importante de su vida. Suben fotos antiguas, dicen cuánto te extrañan. Pero la vida continúa. Así como tú estás construyendo algo nuevo, ellos también.
El problema es que uno no se desprende tan fácilmente de esa vida anterior. Para ti esas personas siguen vivas. Es como si hubieras congelado un pedazo del tiempo esperando que, cuando vuelvas, todo siga igual.
Pero no sigue igual.
Con el tiempo uno comprende que esa imagen era una ilusión necesaria para darse aire, para resistir la soledad cuando aprieta, para creer que siempre existe un lugar al cual regresar si todo sale mal.
Volver nunca será lo mismo. El lugar que dejaste ya no existe tal como lo recuerdas. Las personas cambiaron. Tú cambiaste.
Y quizás por eso alguien que nunca ha dejado su país difícilmente entienda el tipo de soledad que se vive cuando eliges partir. La suposición de que el viajero es más feliz solo por viajar puede ser tan injusta como el deseo del viajero de que todo permanezca intacto cuando regrese.
La soledad del viajero es la de no tener un hogar fijo. Es la de sentir que tu lugar de nacimiento ya no es completamente tuyo, pero que el nuevo tampoco termina de serlo. Es comenzar muchas veces desde cero. Es enfrentarse a prejuicios, a barreras idiomáticas, a miradas que te recuerdan que eres “el otro”.
Es la soledad de no pertenecer.
Y cuánto anhela el ser humano pertenecer.
Pero también hay algo que el viaje enseña. El mismo hecho de no sentirse parte de ningún lugar empuja a pertenecerse más a uno mismo.
Tal vez nunca aprendamos a despedirnos sin dolor, ni a aceptar con absoluta ligereza el ir y venir de las personas y los lugares. Pero el viaje enseña a encontrar consuelo en la escritura, en la pintura, en el baile, en las plantas, en el deporte, en cualquier refugio que construyamos.
Enseña a hablar con desconocidos porque a veces ahí está el mayor alivio.
A juzgar menos.
A celebrarse más.
A acompañarse cuando nadie más puede hacerlo.
Si hay algo que el viaje y la soledad regalan, es esto:
la posibilidad de convertirse en el propio hogar.